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El sumario Francesc Colomer

Octubre 11, 2011

El niño Andreu de ‘Pa negre’ indignó a los magistrados del Supremo al recoger el Goya | Subió al estrado con naturalidad y una sola falta gramatical: escandalizó su fuerte acento catalán

Artículos | 11/09/2011

Enric Juliana
Madrid

Al niño Francesc Colomer le abrieron sumario el 13 de febrero del 2011 por su descarado acento catalán en la ceremonia de los premios Goya. Francesc, nacido en Vic en 1997, fue galardonado con el premio al mejor actor revelación por el papel de Andreu en Pa Negre y al subir al estrado reveló tres cosas: que a los catorce años un chaval suele ponerse nervioso cuando tiene que hablar en público; que deberá repasar con su profesor o profesora de castellano el correcto uso de los preposiciones por y para (que en catalán suenan igual), y que no le avergüenza pronunciar en catalán el nombre de las personas que aprecia. A Francesc no le corta ser de Vic. No es un patois, un rústico avergonzado de su tierra que llega a Madrid con la boina en la mano. Se expresa con naturalidad y muestra sin rubor los accidentes de la educación bilingüe en Catalunya, una sociedad alérgica a los uniformes. Repito: una sociedad con muchos matices. Francesc es un vernáculo emancipado; hijo de una Catalunya que ya no se avergüenza de su idioma. Nada, nada, excusas. Le abrieron sumario al joven Colomer. Lo abrió el Gran Inquisidor Fernando García de Cortázar, con copia para la alta magistratura española.

He repasado estos días quince o veinte veces el vídeo de los Goya, para intentar descubrir qué es lo que realmente les molestó. Sólo he detectado la citada falta sintáctica, todo lo demás es espontaneidad y un punto de descaro. Habla con acento catalán –con qué diablos de acento quieren que hable un muchacho de cartorce años nacido en Vic y apellidado Colomer– y pronuncia en catalán el nombre de los amigos a los que quiere dedicar el premio. Y está nervioso. Viendo esa escena me he acordado del galimatias que durante un tiempo habló mi hija menor en Roma: una divertida mezcla de catalán, italiano y castellano, con incrustaciones de romanesco (el locuaz dialecto romano, que era la modalidad imperante en el patio del colegio). A mi hija, los buenos profesores del Liceo Español Cervantes no le abrieron sumario porque sabían que el aprendizaje de varios idiomas a la vez pide tiempo y paciencia. La paciencia que no tuvo el Gran Inquisidor cuando vio por televisión la ceremonia de los Goya.

Repasando ese vídeo –verdadero causante de la última escaramuza político-judicial a propósito de la inmersión linguïstica en Catalunya–, también me he acordado de las condiciones en las que pude iniciarme en el aprendizaje de la gramática catalana, a los 17 años, una hora a la semana, fuera de horario escolar y con un aire de desafio en la mirada. Lo confieso: aún hoy siento una cierta inseguridad cuando escribo en catalán. Noto que me falta soltura. Y manejo el castellano como solemos hacerlo muchos catalanohablantes: con el catálogo siempre a mano en el gran almacén del vocabulario. Escribimos lo que hemos leído y por ello nuestros textos casi siempre llevan freno de mano. Discurren sin dejarse ir; sin alocarse. Afán de corrección, pulcritud de sábado por la tarde, una decoración en la que todo suele estar en su sitio y cautela. Mucha cautela. Escribimos el español como si tuviésemos miedo de pisar una mina plantada por Francisco de Quevedo. Es el castellano de Barcelona, una variante que debería reclamar su lugar en los anchos mapas del segundo idioma del mundo. Comprenderá el lector –sobre todo el lector de fuera de Catalunya– que quienes habitamos esa dualidad (el catalán aprendido por los pelos y un castellano voluntarioso y técnico) sentimos una especial indignación cada vez que algún majadero escribe que Catalunya está haciendo hoy con el castellano lo mismo que Franco hizo ayer con el catalán. Eso es una infame mentira.

El Gran Inquisidor García de Cortázar, les decía, abrió sumario al joven Francesc Colomer. Bilbaíno, jesuita de la Universidad de Deusto, reputado historiador y miembro de la Asociación para la Defensa de la Nación Española, declaró lo siguiente al Heraldo de Soria: “No la he visto (la película Pa negre). Pero al hilo de los Goya sí me parece dramático –y si no fuera así, poco respetuoso con un premio nacional– que el niño que recogió el galardón no pudiera expresarse con corrección en español. Nos adentra en ese gran problema que es la agresión al idioma común”.

Cabe esperar que el historiador vasco haya visto finalmente Pa negre, una obra que enfoca la Guerra Civil sin el reiterado maniqueísmo de la cinematografía española. Puesto que el Inquisidor es hombre culto, sin duda podrá establecer una sutil relación entre el drama rural de Emili Teixidor e Incerta glòria de Joan Sales, la gran novela dostoyevskiana de la guerra, traducida al castellano en el 2005 por Carlos Pujol. Un libro fundamental que la intelectualidad española apenas ha leído, porque ya le va bien –ya le iba bien hasta hace dos días, hasta que el mundo se torció el tobillo– el insomne simulacro de los dos frentes. Pa negre va por la senda existencialista, y ese enfoque nunca acaba de cuajar en el país de Don Quijote y Don Juan Tenorio. Sin haber visto la película, el Inquisidor abrió expediente al niño Colomer y el vídeo de los Goya fue visionado por magistrados del Supremo. ¡Se van a enterar! Así se ha construido la última acometida contra el delicado equilibrio interno catalán.

Font:
Publicat al diari LA VANGUARDIA del 11/10/11

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